Laboratorio sin muros. Inteligencia colectiva y comunidades de afectados.

Publicado el 10/01/2009 - Juegos y metodologías

Co-aprendizaje, Auto-organización, Comunidades / Redes, Juegos, Legal, Analogizando lo digital, Aprendizaje cooperativo, Procomún, Creación de redes, Herramientas de comunicación

Contribuidores: Antonio Lafuente

Laboratorio del Procomún. BCC 2008
Durante varios meses, hemos estado reuniéndonos en MediaLab-Prado (Madrid) un grupo de académicos y activistas para estudiar las distintas maneras de hacer visible el procomún. Tras muchas horas de trabajo compartido, queremos aprovechar la experiencia para explorar nuevas formas de trabajo colaborativo que emulen las prácticas que llamamos "de laboratorio".

Nuestro punto de partida ha sido deudor de las formas del seminario tradicional. Un estilo que, básicamente, consiste en convocar a varios expertos para escuchar la exposición de un invitado y después discutir el contenido de su intervención. Lo normal es que el evento, generalmente cerrado, dure un par de horas y que concluya, tras algunas preguntas y sus correspondientes respuestas, sin otro compromiso que volver a reunirse, quizás con otro invitado. Es muy raro que tras el encuentro surjan iniciativas comunes, pues su principal finalidad es clarificar el fundamento empírico y alcance teórico del aparato conceptual que vertebra la disciplina o el trabajo de un especialista. Cuando se trata de un seminario muy rodado, la mayoría de los asistentes conforman un colectivo homogéneo que suele repeler la asistencia de foráneos o extraños. Un seminario, en pocas palabras, institucionaliza un determinado sesgo disciplinario y al grupo que lo sostiene.

Un ciclo de conferencias imita la fórmula del seminario, pero busca la apertura al gran público, sustituyendo la competencia científica por el paternalismo académico y, en términos generales, recrea la escisión entre el conocimiento experto y el conocimiento profano. Ninguna de las dos fórmulas son satisfactorias si lo que se pretende es situar los debates en la calle sin prescindir del rigor ni del compromiso. Desde el principio, queríamos experimentar formas de producción del conocimiento que no emularan las viejas prácticas del seminario o la conferencia, fórmulas que tal vez sean apropiadas en un mundo con escasez de información y con fronteras estrictas entre sabios y legos, o entre la cultura de la precisión y la cultura de la emancipación.

Tras los primeros meses de trabajo, en MediaLab se comprobó que el seminario mensual no nos garantizaba un mecanismo eficiente de capitalización de ideas, como tampoco un protocolo que permitiese el trabajo a distancia, colectivo y minucioso. Justo uno de los ingredientes que necesita el movimiento ciudadano, un dispositivo que favorezca el contraste de experiencias y la voluntad de construir un mundo más justo. Dos condiciones que puede garantizar un laboratorio que practique la pluralidad y la transparencia.

El propósito de este escrito es analizar la posibilidad de que un seminario sobre asuntos sociales y políticos se transforme en un laboratorio de ideas. Hemos tratado de hacerlo en unos términos no demasiado asociados a la experiencia de partida, de forma que nuestra propuesta pueda ser proyectada sobre otros posibles objetos. Cuando se lea aquí el término "procomún", éste puede ser interpretado de dos maneras: una, como alusión a nuestra experiencia concreta en MediaLab y, dos, como un término que señala al ámbito de lo compartido por la comunidad a la que apunta.


Laboratorio

Muchas veces se dice que una familia, un hospital o un río son un laboratorio social, porque (bien mirados) hacen aflorar relaciones o conflictos que permiten entender la totalidad o una parte significativa del entorno social en el que están insertos o, mejor dicho, que contribuyen a crear. Así, al proyectar la mirada sobre un fragmento del mundo, puede verse su totalidad, lo que es tanto como decir que bastan unas cuantas variables (las que permiten proyectar, vertebrar, ordenar) para acceder a una comprensión de lo general o lo global desde lo local. Al elegir las variables, al adoptar un protocolo que permite hacer estas simplificaciones sin que parezcan caprichosas o arbitrarias, se están haciendo explícitos varios signos de identidad:
  • Comunitario: entender colectivamente el mundo o, en otros términos, apostar por un mundo hecho entre todos, un mundo común.
  • Analógico: simplificarlo para que quepa en un plano, un esquema, un cuadro o una imagen o, en otros términos, crear un orden a todos accesible.
  • Experimental: admitir la naturaleza tentativa, experimental, provisional del proceso o, dicho en otros términos, admitir que hace falta mirarlo muchas veces y por muchas personas para que sea fiable.

En fin, un laboratorio sirve para hacer visibles aspectos ocultos (o desdibujados) de la realidad, así como para reunir fragmentos diseminados del entorno, lo que explica que muchos antropólogos o sociólogos afirmen que en la práctica un laboratorio crea la realidad. Y por eso no es sorprendente que la realidad pueda ser vista como un laboratorio, o que el laboratorio pueda ser visto como lugar de producción y reproducción de la realidad. O, en pocas palabras, que cada vez es más difícil distinguir dónde empieza y termina el laboratorio, o cuáles son sus fronteras. Tanto es así, que hablar de laboratorio sin muros no implica apostar por algo inexistente o ultimísimo, sino reconocer la dificultad para dibujar la línea divisoria entre el dentro y el fuera de lo que (allí) sucede.


Protocolo

La clave está en esos protocolos que convierten los datos en pertinentes o, en otras palabras, en compartidos. Y aunque los haya de muchos tipos, pues conforman un conjunto de reglas (o sea, convenciones) perfectamente adaptados al objeto (materia, asunto, problema) del que se trate en cada ocasión, lo cierto es que todos comparten una característica en común: automatizan funciones, lo que significa que no son personalizados (no hay un protocolo hacia la genialidad), sino que pueden ser aplicados por cualquiera que haya sido convenientemente entrenado (o disciplinado).

El protocolo crea una comunidad de practicantes y su uso fomenta un lenguaje común, unos dispositivos acreditados y hasta unos estándares de ocupación del espacio: por eso se parecen tanto unos talleres a otros, lo mismo que sucede con los centros sanitarios, los jardines botánicos, los bufetes de abogados y los estudios de fotografía. O sea, que a la regularidad que vemos entre océanos, montañas y selvas, hay que agregar la que se ve en las instituciones desde las que se estudian o, reincidiendo en lo dicho, en donde se los crea.

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Laboratorio del Procomún. BCC 2008

El Laboratorio del Procomún reúne a personas de ámbitos diversos como la filosofía, la ecología, el activismo, el hacktivismo, el derecho, el urbanismo, el arte, el periodismo o la política económica. Tras una primera etapa desarrolada entre junio de 2007 y febrero de 2008, cuyas conclusiones recoge Antonio Lafuente en su texto "Laboratorio sin muros", se han formado varios grupos de trabajo que se reúnen periódicamente y trabajan online para debatir y planificar acciones sobre el valor de los diversos "procomunes" y sobre los peligros que los amenazan.

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